Arde Teherán

Mientras cada país enfrenta sus propias tensiones internas, existe hoy un elemento común que concentra la atención global. No solo por estar en medio de un escenario de una guerra incompleta, sino porque lo que ocurra dentro de Irán, en Teherán, condiciona el futuro inmediato.

Resulta fundamental analizar con precisión qué está sucediendo en Irán en este momento, particularmente tras el inicio del conflicto el 27 de febrero. Desde una perspectiva narrativa, pese a los daños materiales provocados por los bombardeos tanto de Estados Unidos como de Israel en territorio iraní. Lo cierto es que al inicio de la guerra existía un mayor nivel de descontento interno contra el gobierno que el que se observa actualmente.

Esto responde a una lógica profunda: Irán no es un Estado artificial surgido de la experiencia colonial, como sí ocurrió con otros países de la región –por ejemplo, Arabia Saudita– sino que es heredero de un imperio milenario. El antiguo imperio persa, que en distintos momentos fue uno de los centros más avanzados en términos culturales, políticos y militares, sigue siendo un elemento central en la identidad nacional. Con una población de aproximadamente 93 millones de habitantes, existe un fuerte sentido de pertenencia histórica que trasciende al propio régimen.

Ese orgullo nacional, que el régimen de los ayatolas intentó diluir en favor de una identidad ideológica religiosa, ha resurgido con fuerza. Hoy, para una parte importante de la población, prevalece una identidad iraní por encima de la adhesión o rechazo al gobierno. Sin embargo, este fenómeno convive con un contexto de represión sistemática frente a cualquier manifestación de desconformidad.

Desde el punto de vista interno, es clave distinguir entre dos dimensiones: por un lado, la destrucción material, la guerra y sus víctimas. Por otro, un efecto de cohesión nacional que el conflicto ha generado, al menos temporalmente.

La gran incógnita es qué ocurrirá una vez que el conflicto se dé formalmente por terminado. Mientras no exista un reacomodo estructural del poder –y particularmente mientras la élite chií mantenga su control, lo cual hoy parece altamente improbable de modificar en el corto plazo– el enfrentamiento entre Irán e Israel tenderá a persistir, aunque sea bajo otras formas.

A esto se suma la necesidad táctica de Estados Unidos de declarar una victoria política que le permita cerrar el conflicto en términos estratégicos. En ese contexto, cobra especial relevancia entender no solo la dimensión externa de la guerra, sino también la realidad interna de Irán.

El Irán de la posguerra enfrenta una crisis estructural severa, particularmente en materia hídrica. La capital, Teherán, enfrenta niveles críticos de estrés hídrico. Según datos del Ministerio de Energía iraní y organismos internacionales como el Banco Mundial, más de 80% del territorio iraní se encuentra en condiciones de sequía o semi-sequía, y las principales presas del país operan por debajo de su capacidad.

El agua se ha convertido en el principal problema estructural del país. La sobreexplotación de acuíferos, la mala gestión del recurso, la falta de inversión en infraestructura hídrica y el cambio climático han llevado a una situación límite. En varias regiones, el acceso al agua potable es irregular y la desertificación avanza de manera sostenida.

Esta crisis se ve agravada por un contexto económico profundamente deteriorado. La inflación ha sido estructuralmente alta durante años. En 2024 se situó en torno al 30-35%. Proyecciones del Fondo Monetario Internacional para 2026 la ubican cerca o por encima de 60%, en niveles de crisis. Para ese mismo año, el FMI estima una contracción del PIB cercana al -6.1%, resultado combinado de la guerra, el endurecimiento de sanciones internacionales y la caída de exportaciones, especialmente energéticas.

A ello se suma el deterioro acumulado por décadas de priorización del gasto ideológico y militar sobre la inversión en infraestructura. Durante años, el régimen centró sus esfuerzos en sostener sus fuentes de ingreso en divisas –particularmente el petróleo– y en financiar su proyección geopolítica, descuidando sectores clave como el agua, el transporte o los servicios básicos.

En este contexto, resulta cada vez más difícil sostener la centralidad administrativa y económica de Teherán. La presión sobre su infraestructura es tal que ya se discuten escenarios de descentralización parcial de funciones del Estado para evitar un colapso operativo.

El modelo de gobernanza del régimen enfrenta límites evidentes. La represión sistemática, el control de la información –incluyendo apagones de internet durante protestas– y la falta de derechos fundamentales, especialmente para las mujeres, han generado una acumulación de tensiones sociales. Se estima que decenas de millones de mujeres viven bajo restricciones estructurales en materia de libertades individuales.

En paralelo, el enfrentamiento geopolítico con el mundo suní y la competencia por la hegemonía regional con Arabia Saudita seguirán siendo factores determinantes. Este conflicto no desaparecerá, pero podría reconfigurarse bajo nuevas condiciones en la posguerra.

Nadie puede prever con certeza el desenlace, pero todo indica que los tiempos políticos y presupuestarios de Estados Unidos limitan la duración directa del conflicto. Es poco probable que su implicación militar se extienda más allá de unas semanas adicionales sin un respaldo legislativo más amplio.

Por ello, el análisis debe desplazarse ya hacia la posguerra. Esta no solo implicará una reconfiguración del equilibrio en Medio Oriente, sino también una redefinición del mercado energético global. El precio del petróleo estará condicionado por factores críticos como la estabilidad del estrecho de Ormuz, un punto estratégico por donde transita cerca de 20% del petróleo mundial.

Más allá de la dimensión regional, el conflicto actúa como catalizador de una reordenación más amplia del sistema internacional. El mundo ha entrado en una fase de fragilidad estructural –política, militar, tecnológica y financiera– que exige nuevos equilibrios de poder.

¿En realidad, quién puede saber cuál será el reacomodo final de lo que, sin duda, representa el fin del mundo que conocimos?

Todo parece indicar que, con el cierre oficial –al menos desde la interpretación estadounidense– de las hostilidades con Irán, no sólo se despeja el camino para una eventual visita de Trump a China. Mucho más importante: se abre la posibilidad de que los dos grandes imperios intenten pactar un entendimiento capaz de regular el funcionamiento del resto del sistema internacional.

Estados Unidos, por unas razones, y China, por otras, necesitan ese acuerdo estratégico. Ambos requieren un marco que ordene el mundo que viene, aunque ese orden ya no se parezca al que conocimos.

Tampoco es difícil suponer que, entre este momento y el otoño, la guerra de Ucrania entrará en una fase decisiva. Existen indicios militares de que la irrupción de drones, sistemas autónomos y plataformas robóticas –probadas y aceleradas en distintos frentes, incluida la guerra de Gaza– puede alterar de manera profunda la dinámica del campo de batalla.

Sin embargo, sería irresponsable afirmar que esa transformación tecnológica garantiza una victoria ucraniana. Lo que sí puede decirse es que la guerra está entrando en una nueva etapa: una en la que la capacidad industrial, la inteligencia artificial, la guerra electrónica, los drones y los sistemas no tripulados empiezan a pesar tanto como los ejércitos tradicionales.

Esa es la perspectiva posible del mundo que queda después de este intento. Un mundo que no termina con la retirada americana, pero sí con una redistribución del poder provocada, en buena medida, por los acuerdos que Estados Unidos se ha visto obligado a forzar.

Posdata: en México, mientras tanto, el cerco se reduce a un doble frente. Por un lado, la lucha contra el narcotráfico se intensifica con el proceso contra el Cártel de Sinaloa. Por otro lado, las acciones en torno al gobernador. Al final, el país comienza a calentar motores de cara a la próxima negociación del T-MEC.

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