Lo primero es que sin decirlo admite que la cosa anda muy mal. Lo segundo es que, de ser el caso, yerra en el diagnóstico y, por ende, lo tercero es que, como cuando se aumentan a tontas y locas la dosis de algo, el supuesto remedio traería efectos contrarios a los deseados.
Es la mañanera, es la presidenta Claudia Sheinbaum y su anuncio de que su consejera jurídica dedicará parte de su tiempo a una vespertina contra la desinformación, y es la reiteración de que en Palacio Nacional creen que el problema es el mensajero y no la realidad.
Hay un sticker de Claudia Sheinbaum de cuando era jefa de Gobierno en el que imita –o mejor dicho arremeda, porque la intención es denostativa– a los periodistas: mueve los brazos como quien escribe en un teclado de manera desaforada o con irreflexiva vehemencia.
Se trata de un antecedente de su forma de ver a la prensa como gente con agenda y propósitos en contra del gobernante, de la gobernante en este caso.
Ya en la Presidencia usa con harta frecuencia el término “comentocracia” o “comentócratas” e incluso, a últimas fechas, y sin evitar un tono sarcástico, imita lo que se supone que se dice de ella en, por ejemplo, Tercer Grado, de Televisa.
Para alguien que presume muy seguido su aprobación supuestamente arriba de 70 puntos, para alguien que, como su antecesor, dice que la oposición es irrelevante y que los medios convencionales o mienten o tienen audiencias marginales (le ha dicho a sus paleros que ellos tienen más público que la prensa tradicional), le importa demasiado lo que dice esa otra opinión pública, ¿no?
Bueno, tan le importan esos que “no pesan” que ahora avisa que su consejera jurídica, despedida del partido por sus malas maneras –de fondo y de forma– para negociar con sus aliados, ahora tendrá un espacio aparte para atajar supuestas mentiras de prensa y redes.
Esta decisión rompe el paradigma del sexenio pasado. No es nada menor que en los hechos la presidenta reconozca que su manera de interpretar la mañanera no basta; que, a diferencia de AMLO, va a necesitar ayuda para gobernar y/o conducir la conversación pública.
Quizá el error fue no haber aceptado desde el principio que ese formato no daba para quien no se llamara Andrés Manuel ni se apellidara López Obrador. Pero ese tren, el de no hacer ella mañaneras, el de tener (por ejemplo) vocero, obviamente ya partió.
¿Y ahora quiere otro “cazamentiras” justo después de que se mostró, con mayor nitidez que nunca, que sus colaboradores en eso de gritar “mentira” son torpes, ineficientes y en el peor de los casos unos mentirosos que meten a la presidenta en más problemas?
La presidenta no tiene un problema en los medios de comunicación. Y ni siquiera en las fake news que desde luego algunos dolosamente crean o difunden en contra de ella o de su gobierno.
El principal problema de la mandataria es el desorden en las filas morenistas –partido de mil cabezas donde demasiados militantes compiten en exhibirse ostentosos, corruptos o simplemente gandallas– y en un gobierno sistemáticamente disfuncional.
Del derrame de Pemex al nuevo sainete de la SEP, del “Yo por qué” de la secretaria de Gobernación –citar a Fox es poético– a reconocer ella misma que tiene que poner un encargado directo para destrabar lo que ni Hacienda, ni Semarnat, ni Cofepris, ni el SAT, ni la CNBV, ni Profepa, ni Economía ni nadie destraban.
Sí, la presidenta no puede sola. Por eso debería tener en cada dependencia gente que respondiera con credibilidad a nombre del gobierno: sobre el accionar de lo que hace y debe hacer la administración, y frente a los cuestionamientos de la prensa.
Echarse encima todo el gobierno, desde la operación de Pemex hasta el abastecimiento de medicinas, le lleva cada mañana a la frustración de ver sus propios y humanos límites. Y claro que cuando va de gira o lee diarios siente una conjura si coinciden en que no hay medicinas.
Pronto, además de decir ella que no es cierto, que hay 80 por ciento de medicinas, lo dirá Luisa María Alcalde, y lo replicarán los gacetilleros digitales a sueldo que las cubrirán en ambos turnos.
El resultado será más ruido, no necesariamente menos señalamientos por deficiencias; esto, si acaso, llegará cuando tenga un buen equipo de colaboradores e imponga algo, aunque sea poquita, de disciplina a los de Morena.
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