Una mirada ambivalente

Un sondeo de este periódico publicado a principios de mes sobre cómo evalúan los mexicanos la gestión del gobierno ante Donald Trump y su administración reveló que el 55% califica como “mala” o “muy mala” la forma en la cual la Presidenta Sheinbaum maneja la relación con su homólogo estadounidense, mientras que solo el 32% la caracteriza como “buena” o “muy buena”. En cuanto a la relación bilateral, el 51% afirma que es “mala/muy mala” y solo el 31% como “buena/muy buena”. En cuanto a la percepción general sobre Estados Unidos, el panorama que arroja la encuesta es aún más negativo: la imagen que los mexicanos tienen de EE.UU se encuentra en su peor momento en seis años: solo un 29% de opiniones favorables frente a 59% desfavorables; el 86% de los mexicanos tiene una opinión desfavorable de Trump, mientras que solo un 10% tiene una opinión favorable. Es patente que la mayoría de los mexicanos piensa que la relación se está deteriorando de manera acelerada. Pero, ¿qué piensan los estadounidenses sobre México y la relación bilateral? Una encuesta levantada por Echelon Insights en colaboración con la U.S.-Mexico Foundation, la AmCham-México y la Asociación Mexicana de Parques Industriales y publicada a principios de este mes arroja luz sobre este importante tema.

La mirada estadounidense hacia México encierra hoy una paradoja. Por un lado, Trump sigue usando a nuestro país -como lo hizo desde su primera gestión presidencial- como piñata electoral y política: demonizando a nuestros migrantes, declarando lo que ningún mandatario estadounidense en el pasado al explícitamente vincular al gobierno mexicano con el crimen organizado y amenazando con recurrir al uso unilateral de la fuerza en territorio mexicano o usando aranceles como arma de presión y palanca para forzar cambios estructurales en las cadenas de suministro y en las plataformas de producción conjunta que han caracterizado a nuestras economías durante las últimas dos décadas. Y todo ello aliñado con un lenguaje de confrontación que en otros tiempos hubiera desencadenado una crisis diplomática de primer orden. Pero por el otro, los datos de esta encuesta que cito muestran que a pesar de esta dinámica, los votantes estadounidenses siguen viendo en lo general a México con una imagen neta favorable, tienden a reconocer el valor de la relación comercial y, en su mayoría, se oponen a los aranceles a exportaciones mexicanas. Los resultados de la encuesta merecen una lectura cuidadosa, porque revelan tanto el estado actual de la opinión pública estadounidense como las líneas de fractura que definirán el debate bilateral en los próximos meses, especialmente de cara a la revisión en curso del T-MEC.

El primer dato ilustrativo de la encuesta es que México mantiene una imagen neta favorable entre los votantes estadounidenses: un saldo de +6 puntos en la diferencia entre quienes tienen una opinión favorable y aquellos que tienen una opinión desfavorable del país. Puede parecer modesto, pero el contexto lo hace significativo. En una lista de ocho países sobre los que se preguntó -Canadá, Reino Unido, México, Israel, Venezuela, China, Irán y Rusia- México ocupa el tercer lugar, empatado con Israel, y muy por delante de Venezuela (-21), China (-50), Irán (-70) y Rusia (-71). Frente a potencias percibidas como adversarias de EE.UU, México sigue estando generalmente del lado correcto del libro de contabilidad afectiva de los estadounidenses. Sin embargo, la tendencia es preocupante. La misma encuesta, aplicada mensualmente desde abril de 2025, muestra que el saldo de favorabilidad de México llegó a su pico de +22 en mayo de 2025 y ha oscilado desde entonces, cayendo a un mínimo de +2 en diciembre de 2025 antes de recuperarse levemente. Pero la tendencia de mediano plazo claramente va en descenso, mostrando que un año de conflicto arancelario, retórica agresiva desde Washington y cobertura mediática dominada por narrativas de inseguridad y violencia ha dejado huella; no lo suficiente como para hundir la imagen de México entre el público en general, pero sí como para erosionarla de manera consistente.

Lo más notorio es, como he subrayado en otras columnas en esta página de Opinión, la brecha entre partidos políticos. Mientras que los votantes que se identifican como Demócratas asignan a México un saldo de vecino “bueno” de +47 puntos y los independientes un +17, los Republicanos sondeados arrojan un saldo negativo de -23. Es una muestra de que las palabras y la retórica -en esta caso, de Trump- importan. Y la imagen de México está profundamente mediada por la identidad política del observador. Para el votante Republicano promedio, México es hoy un vecino “malo”; en cambio, para el Demócrata, es un vecino relativamente “bueno”.

Cuando se pregunta a los encuestados qué hace que México sea un buen vecino, los tres factores más citados son: el turismo entre los dos países (52%), la relación económica que beneficia a EE.UU (45%) y el intercambio cultural entre sus pueblos (43%). Estos tres elementos son, significativamente, los más transversales: aparecen como razones de buena vecindad incluso entre quienes en conjunto califican a México como un mal vecino. El 36% de quienes piensan que México es un mal vecino aun así reconocen el valor del turismo, y el 23% reconoce la relevancia de la relación económica. Esto sugiere algo importante para la estrategia de comunicación mexicana (si es que la hay hoy) y la diplomacia mexicana (mermada como está): la imagen positiva de nuestro país no depende de argumentos abstractos sobre geopolítica o seguridad, sino de experiencias concretas y tangibles. El estadounidense que ha visitado -o que, ojo, vive en- nuestro país, que ha comido en restaurantes mexicanos, que va a museos, galerías y edificios icónicos en México, que trabaja con colegas mexicoamericanos, o que compra tomates y aguacates cultivados en Sonora o Michoacán o agua mineral de Monterrey, tiene un anclaje experiencial positivo que resiste en cierta medida la narrativa de confrontación.

El tema de la guerra y el gansterismo arancelario de Trump y sus efectos en EE.UU arroja también datos interesantes. En términos generales, el rechazo a los aranceles a exportaciones mexicanas supera ahora al apoyo: 51% se opone, frente a 37% que los avala. Esto representa un cambio significativo respecto a abril de 2025, cuando el apoyo (47%) y el rechazo (44%) estaban prácticamente empatados. Sin embargo, entre los Republicanos, el apoyo a los aranceles sigue siendo mayoritario (64%), lo que sugiere que los aranceles a México son políticamente sostenibles para la Administración Trump en la medida en que el bloque Republicano se mantenga cohesionado. Pero también señalan una vulnerabilidad potencial: si el costo de vida sigue subiendo y la base Republicana comienza a sentirlo aún más en sus bolsillos, ese apoyo podría erosionarse más. Entre quienes apoyan el uso de aranceles, el motivo predominante (55%) es utilizarlos como palanca para presionar a México a actuar sobre la frontera, la migración, las drogas y el crimen organizado. El 49% dice quererlos para desincentivar la externalización de empleos hacia México. Apenas el 17% dice apoyarlos porque Trump los apoya -un dato importante que sugiere que el aval a los aranceles no es simplemente un reflejo de lealtad tribal, sino que tiene una lógica instrumental que podría revertirse si se llega a percibir que México coopera a fondo o si el impacto inflacionario orada las billeteras de los votantes estadounidenses.

El lado oscuro del espejo por el que se mira a México es igualmente revelador. Cuando se pregunta por qué México es un mal vecino, los dos factores dominantes son la actividad del crimen organizado en la frontera (59%) y la propagación del fentanilo en EE.UU (47%). Estos dos elementos no son solo los más citados en promedio: son los que más cohesionan a quienes tienen una visión negativa de México. Entre los votantes que califican a México de mal vecino, el 81% cita la actividad del crimen organizado y el 73% cita el fentanilo. Son, en la práctica, los pilares de la narrativa negativa sobre México en el imaginario político estadounidense contemporáneo.

¿Qué puede concluirse de este panorama que en su conjunto desvela la encuesta? Varias cosas, que conviene distinguir con cuidado. Primero, la imagen de México en EE.UU ha resistido un año de intensa presión política y mediática negativa. Eso es una fortaleza real, pero no es inamovible. La tendencia es descendente y la erosión puede acelerarse si continúan o se intensifican los factores que la impulsan: retórica negativa desde la Oficina Oval, cobertura mediática centrada en cárteles y fentanilo, y ausencia de narrativas contrarrestantes efectivas. Segundo, mientras que los Demócratas tienen una imagen consistentemente positiva de México y los Republicanos consistentemente negativa, el electorado independiente, que es el que determina elecciones reñidas en EE.UU, muestra una imagen moderadamente positiva. Esto sugiere que la narrativa de cooperación puede tener tracción en este segmento si se comunica eficazmente. Tercero, el apoyo a los aranceles no es un tema ideológicamente puro; la mayoría de quienes apoyan los aranceles lo hacen como palanca de presión sobre México, no como fin en sí mismo. Cuarto, la narrativa que logre encuadrar el T-MEC como un instrumento para bajar precios, proteger empleos agrícolas y mantener cadenas de suministro norteamericanas frente a China tiene posibilidades reales de construir una coalición transversal. Pero requiere comunicación proactiva y sostenida, no reactiva. Y quinto, el fentanilo y el crimen organizado son el talón de Aquiles comunicativo de México. Estos dos temas dominan la narrativa negativa con una contundencia que ninguna cantidad de datos sobre turismo o comercio puede contrarrestar fácilmente. Lo que puede hacer diferencia es demostrar resultados concretos y consistentes en la lucha contra el crimen organizado.

Toda encuesta tiene sus límites interpretativos y analíticos, y ésta no es la excepción. Sin embargo, lo que sí captura es el estado de ánimo del votante promedio estadounidense en un momento de tensión inusualmente alta en la relación bilateral. Y lo que dice ese votante mediano es más matizado de lo que la retórica política sugiere. No es ni el “México es nuestro enemigo” que destila la narrativa de la derecha trumpista, ni el “México es nuestro amigo” al que aspiraría la diplomacia mexicana. Por ello la paradoja que señalaba al principio -una relación políticamente tensada pero anclada en percepciones públicas relativamente favorables- no es solo una curiosidad académica. Es una oportunidad política. En los próximos meses, la relación México-EE.UU enfrentará al menos tres momentos de alta tensión: la revisión y negociación del T-MEC, la presión -y potenciales acciones- de EE.UU en materia de lucha contra el narcotráfico y las elecciones de medio término de noviembre, en las que la política hacia México será inevitablemente un tema de campaña en decenas de distritos competitivos.

Los datos de esta encuesta sugieren que en ambos contextos hay espacio para narrativas que trasciendan la confrontación y apelen a los intereses concretos de los votantes: precios más bajos, empleos protegidos, cooperación fronteriza y en seguridad. El desafío para México -y para quienes en Estados Unidos comparten la apuesta por una relación bilateral constructiva- es no desperdiciar ese espacio. La opinión pública no es un activo estático: puede deteriorarse más, y los factores que la erosionan siguen activos. Pero también puede estabilizarse o mejorar si los mensajes correctos llegan a los públicos correctos en el momento correcto. Por ello, esta encuesta no es un parte de guerra; es, a su manera, una invitación a la diplomacia pública y a una gestión inteligente y estratégica de la relación bilateral.

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